Migas y costillas en la Venta de Juan Pito (Navarra)

En el puerto de Belagua, entre Isaba y Francia, tenemos una parada obligatoria para sentarnos a la mesa de la cocina Navarra de montaña. En un caserón de piedra enclavada en la ladera sobre el valle, aguarda la nieve y nuestra visita la Venta de Juan Pito. Es un refugio donde resguardarnos del frío y compartir unas buenas migas de pastor. Te contamos una de nuestras experiencias gastronómicas favoritas para el invierno.

 Imagen en blanco y negro de pastores en familia en casa comiendo y en letras escritas el nombre de la Venta de Juan Pito.


Un refugio de montaña.

La primera vez que entramos hace años a Juan Pito, al llegar al comedor, sentí que entraba a un verdadero refugio de montaña. Ventanas muy pequeñas. Suelo y paredes de piedra fría. Ambiente tenue. Por suerte, el tacto de las vigas, mesas y bancos de madera, le daban el toque cálido para reconfortarse en una cabaña a salvo del viento frío que soplaba helador al otro lado de los muros de piedra. Aún así, no me quité el abrigo de primeras y agradecí tener las botas porque el suelo estaba cubito. El olor era de costillas asadas a la leña.

Pese a la gente que abarrotaba el comedor con animadas conversaciones, el ambiente no era estridente ya que la piedra rugosa y las vigas de madera absorben bien el sonido. Es decir, no ocurría como en esos restaurantes de diseño diáfano y frío, esos locales con paredes y techos lisos, pulidos, limpios de cualquier objeto o material que se encargue de modular el ruido de la sala, esos restaurantes que han sido diseñados sin tener en cuenta que un ambiente agradable lo es si acústicamente es acogedor.

Para un ciego, esta no es una cuestión menor porque el jaleo oculta y emborrona información que viene vía sonido. Una conversación con tus amigos, el chorrito del agua rellenando tu copa, el camarero que se acerca con platos… son cosas que un ciego percibe de oído y que si está en un restaurante tipo jaula de grillos simplemente no puede percibir y la experiencia se convierte en menos placentera (y a veces, en un auténtico fastidio).

Buscando en la carta y en las mesas.

Una vez sentados en la esquina de una mesa corrida, Sara y yo iniciamos la negociación para acordar qué vamos a pedir. Normalmente, cuando vamos a un restaurante, Sara lee la carta en voz alta pero discretamente para que sólo yo pueda oírla. Cuando hace esto se suele interrumpir por dos motivos. Uno es porque, si me llama la atención algo de lo que lee, le pregunto “Y ese plato, ¿cómo se llama?”. Ella me responde mirando a la derecha de la carta y cantándome por lo bajini el precio. Yo proceso la información y ella continua leyendo.

El otro motivo que le interrumpe es porque tiene la sana costumbre de mirar por el rabillo del ojo lo que los camareros van sirviendo a las mesas y lo que en éstas se consume y la pinta que todos esos platos tienen. “Buah! Que buenas esas costillas churruscaditas”… comenta con disimulo volviendo su rostro hacia la carta.

Migas, costillas de cordero y postres de leche.

El resultado de esta breve pero intensa investigación suele ser una comanda que normalmente nos gusta y que nos permite ir descubriendo nuevos platos. Esto es lo que pasó cuando fuimos por primera vez a Juan Pito. Todo el mundo pedía migas, la ración de costillas de cordero tenía muy buena pinta y era sensiblemente más barata que en Pamplona y, por último, a unos queseros como nosotros no se nos ocurre estar en el Roncal y no pedir queso.

Con lo cual, el menú para el día estaba claro y es lo que hemos comido siempre que hemos vuelto por allí. Migas de pastor (con una para dos es suficiente), una de costillas de cordero para cada y una ración de queso del Roncal para compartir.

Cazerola llena de migas de pastor servidas en la mesa, la cual adoramos durante el momento de la foto.

Bandeja de costillas de cordero hechas a la leña con patatas fritas caseras.

Ofrecen un menú y carta con bastante más variedad primeros y segundos (a destacar la carne), pero nosotros siempre pedimos esto porque nos gusta. Y por unos 40 euros más o menos en total, te quedas bastante bien.

Es importante subrayar que estas migas son buenas, pero no son como en otros lugares en los que las migas llevan chorizo, hongos, jamón o huevo. Estas migas son más austeras, más de borda azotada por la ventisca que de cabaña humeante en mitad de un bosque. Estas migas tienen pan, ajo, algo de sebo y poco más. Son buenas pero más toscas que las de Ujué, por ejemplo. No obstante, calentitas entran muy bien y con una ración para compartir es más que suficiente para dos y hasta para tres.

Elegir bien el momento. Nuestro plan ideal suele ser hacer las excursiones por la mañana y bajar a comer y merendar a Juan Pito a eso de las 16 horas. Si vas antes, probablemente tengas que esperar porque suele estar abarrotado de gente. Si te toca aguardar, aprovecha y tómate un caldo caliente, verás que calorcito te entra en el cuerpo.

Si tienes pensado ir, puedes llamar para asegurarte de que vaya a estar abierto, aunque no podrás reservar porque los turnos son por riguroso orden de llegada. El teléfono es el 948 893 222 y el móvil es el 638 060 523

Hay lugares en los que descubrir cosas nuevas, y hay lugares en los que redescubrir sabores viejos. Juan Pito es de estos últimos, un lugar donde disfrutar del sabor del invierno y de la cocina de la montaña navarra con siglos de tradición.

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